domingo, 25 de septiembre de 2016

"Centurio" aterriza en España el miércoles 28. Su autor, habla de su obra en Sedetania.

Pronto estará a la venta en español el último libro de Massimiliano Colombo: Centurio”, una novela ambientada en Hispania y publicada por Ediciones B. Es su cuarto libro traducido al español.

Ci  sarà presto in vendita in spagnolo lultimo libro di Massimiliano Colombo: Centurio”, un romanzo ambientato in Hispania e pubblicato da edizioni B. E’ il suo quarto libro tradotto allo spagnolo.


viernes, 23 de septiembre de 2016

"En las últimas horas del Princeps", por Dany Cuadrado Morales

Qué mejor manera que culminar un día tan importante como hoy, en el que Augusto llegara a este mundo, que un recuerdo resumido, a caballo entre lo novelesco y lo histórico, de lo que dio de sí su vida.
Estupendo artículo-relato de Dany Cuadrado Morales, para Sedetania, en la efeméride del nacimiento del Primer Emperador Romano.


Nola, Italia, 14 d. C.



El destino que nos está reservado a veces es un misterio. Un día nos encontramos en la cima del mundo, después de haber vencido todo tipo de obstáculos y superado las batallas más arduas, y al día siguiente nos vemos viejos, agotados por la edad o la enfermedad, y nos aferramos a ese pasado que creemos glorioso con la esperanza de vivir en él. Pero no puede ser. Nunca se es tan libre como cuando se está a punto de morir. Es en ese momento, cuando nos vemos al final del camino, cuando vemos que nada de lo hecho nos sirve para liberarnos del abrazo de la muerte. No importa cuán poderosos seamos, no importa si somos ricos o el más insignificante pobre. La Parca no distingue proezas de maldades. Sólo somos simples mortales que desfilan con brevedad por los siglos de la historia. Es solamente al final de todo cuando nos quitamos la máscara y nos mostramos al mundo tal como verdaderamente somos. Encontramos multitud de mentiras y medias verdades, pero solamente hay una verdad que está por encima de todo, ninguna tragedia es eterna, ningún amor dura para siempre, pues la única certeza que podemos afirmar con seguridad es que vivimos para morir.
Una reflexión similar surcaba la mente del princeps. El hombre más poderoso del mundo yacía ahora en un camastro con la respiración entrecortada y con el sudor que la fiebre producía perlando su frente.
Augusto sabía que su hora estaba muy próxima, sus años de juventud habían pasado hacía largo tiempo y de su otrora vitalidad no quedaba más que el recuerdo. Los músculos que antaño sostenían la espada y el escudo para combatir al servicio de Roma ahora apenas podían sostenerle. Su rostro, antes bello, estaba surcado de arrugas y pálido como el mármol de las estatuas.

En ese momento la mente del princeps repasaba cada uno de los sucesos de su vida, una vida repleta de intrigas, batallas y traiciones. Una vida digna de alguien que, como él mismo decía, encontró una Roma de ladrillos y la dejaba ahora de mármol. Su carrera política caminó paralela a su brillante carrera militar. Se hizo con el control de Roma tras vencer a Cleopatra y Marco Antonio en la batalla del cabo de Actium y desde ese lejano día no dejó de cosechar victorias. Sometió a los cántabros y astures tras una larga guerra que concluyó con el dominio total de Hispania.

Cerró los ojos, sus pensamientos se agolpaban en su mente y él trataba de ordenarlos de forma que tuvieran sentido mientras se sabía rodeado de todos sus amigos y familiares. A sus setenta y cinco años había hecho y visto de todo. Dedicó un pensamiento a sus padres, como si fuera el inicio de una larga historia. El hombre que yacía en un camastro con el nombre de Augusto nació con el nombre de Cayo Octavio Turino, hijo de un hombre de mismo nombre y de una mujer llamada Acia, sobrina del divino Julio César. Sin embargo los recuerdos que el princeps conservaba de esos años eran difusos y la mayoría eran sobre su abuela Julia, la persona que se encargó de su educación cuando era un infante. Al morir Julia, fue él el que pronunció el discurso funerario. Sólo tenía doce años. Augusto trató de sonreír al recordar aquel día: ¡Qué lejos quedaba todo aquello!

Los años que siguieron a aquello fueron extraños para él, que comenzó a ocupar algunos cargos públicos, siempre sin tener la edad requerida. Organizó unos fantásticos juegos en el templo de Venus Genitrix y en aquel tiempo le pareció lo más importante que había hecho en su vida. No podía saber todo lo que viviría después.
El punto de inflexión en su vida fue su nombramiento como heredero de César. Ni siquiera él lo pudo creer al principio. Su tío abuelo le adoptó como hijo propio y le legó buena parte de su patrimonio. La posición de César aquellos años era extraña pues gobernaba Roma prácticamente a su antojo. De modo que ahora ese joven cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octaviano, en honor a su tío abuelo.

Tumbado en ese camastro Augusto recordó las emociones que lo embargaban. Sentimientos encontrados de felicidad y temor, pues eran muchos los que querían repartirse los despojos de César. Aunque él era alguien valiente, la sombra de una guerra civil se cernía sobre Roma y el peso de la misma recaería sobre él.
Continuó escribiendo ese libro mental que en su interior estaba repleto de imágenes de un pasado que cada vez se diluía más...estaba cansado y quería dormir, pero presentía que la próxima vez que lo hiciese ya nunca despertaría. Se alejó de esos pensamientos.
Pasó los primeros tiempos desde su nombramiento como heredero de César en un precario equilibrio. Era muy difícil convivir cuando personajes de la talla de Marco Antonio y Cicerón se lanzaban constantes dardos envenenados. En un principio él  apoyó al senado y a Cicerón y las cosas se pusieron tan tensas que ambos bandos se enfrentaron en la batallas del Foro de los Galos y Mutina. En ninguno de los dos combates participó pero comprendió que aquél camino llevaría a todos a la ruina.
Octaviano abandonó entonces el bando del senado y se reunió con Antonio y Lépido en Bolonia y previamente consiguió que ambos hombres dejaran de ser considerados enemigos públicos. En aquel momento le pareció algo bueno para sus propios planes. Y es que Octaviano nunca se olvidó de los que habían asesinado a su tío abuelo. Vengarse era una prioridad y le daban igual las consecuencias de sus actos.

Juventud…pensó Augusto. Suspiró. La gente que rodeaba el camastro no perdía detalle de las reacciones del princeps. Cualquier movimiento podía ser el último de su larga vida. Parecía que nadie se acordaba ya de todo aquello. Pero él sí. Lo hacía en ese justo instante.
¿Por dónde iba? Venganza. Sí, a veces parecía que la mente no quería funcionar. Se contaba a sí mismo el resumen de la historia de su vida como si no quisiera que se perdiera en el tiempo.

En Bolonia se había formado la alianza de tres de los hombres más poderosos del momento, aquel Segundo Triunvirato fue aprobado en una asamblea del pueblo. En las proscripciones que siguieron al acuerdo muchos senadores y caballeros murieron. Cicerón también. Aquello fue una pérdida grave. Cicerón fue uno de los grandes hombres de su tiempo. Se arrepentía de aquello. Antonio, Lépido y él mismo traicionaron a muchos durante las proscripciones. Pero era necesario. Al menos eso se repetía a sí mismo aquel anciano. Muchas de las propiedades y el dinero de los condenados fue a parar a manos de los triunviros y de ese modo lograron los recursos necesarios para iniciar la persecución de los asesinos de César.
Les dieron caza en Grecia, en Filipos. Recordó con viveza a aquellos dos gigantescos ejércitos romanos enfrentándose. Él delegó el mando de sus tropas en su amigo íntimo Marco Vipsanio Agripa. Una lástima que hubiera muerto ya pues había sido mucho mejor militar que él.

Tras Filipos, Octaviano se casó con Escribonia, la madre de única hija, al menos hija de verdad, Julia. También en esos años derrotó a Sexto Pompeyo, uno de los proscritos del Triunvirato, y sus disensiones con Lépido acabaron en la expulsión de éste último de la alianza de tres. Lépido perdió a su ejército y con él todos sus apoyos. Ahora Octaviano mandaba sobre todas las provincias occidentales mientras que Antonio lo hacía sobre las orientales y además parecía hallarse bajo los encantos de esa extranjera llamada Cleopatra que le llevó a repudiar a la hermana de Octaviano, Octavia. Aquel acto colmó la paciencia de Octaviano. Aún le dolía recordarlo. Su propia hermana despreciada por Cleopatra. La distancia entre los dos era insalvable y culminó en la batalla de Accio. Allí la flota de Octaviano bajo el mando de Agripa terminó por derrotar a Marco Antonio y Cleopatra, suicidándose ambos.
Ahora ya no quedaba nadie que pudiera disputarle su autoridad y Octaviano se vio con el control absoluto de la República. A decir verdad le sorprendió haber sobrevivido a unos tiempos tan difíciles y, ya que se vio con el poder absoluto al alcance de la mano, decidió aprovechar la oportunidad y hacer gala de sus dotes de persuasión. Si bien en el campo de batalla necesitase la ayuda de su amigo Agripa el terreno político lo dominaba a la perfección. Aparentó que su objetivo era restaurar la República y se mostró respetuoso con las tradiciones y los romanos le premiaron otorgándole el título de Augusto. Por tercera vez cambió de nombre y sustituyó Octaviano por el de Augusto. No lo hizo por respeto al senado, desde luego, lo que motivó ese cambio fue que bajo el nombre de Octaviano había cometido muchas atrocidades durante la guerra y durante el desempeño de sus cargos públicos. Nuevamente le vino a la mente Cicerón. Aquellos lemures, espectros de los muertos, no le dejaban en paz ni en su lecho de muerte.


Ya como Augusto emprendió un gobierno velado destinado a mejorar Roma. Reformó el sistema monetario, fundó ciudades, como Emerita Augusta [Mérida] en Hispania y construyó numerosos edificios en la capital, el Altar de la Paz, el Templo de Marte Vengador, un nuevo Foro, el Panteón de Agripa, el Pórtico de Octavia…se sentía orgulloso de todo ello. Como si con esas obras quisiera enmendar los errores de la guerras civiles. También extendió las fronteras romanas al concluir la conquista de Hispania, Recia y Nórico [hoy día Suiza, Eslovenia y Austria] e incorporar los territorios de Panonia e Iliria [hoy Hungría, Serbia, Albania y Croacia]. Al recordar todo eso le vino inevitablemente el desastre de Teutoburgo. Tres legiones completas perdidas en un bosque germano por la incompetencia del gobernador Varo. Aún reclamaba a Varo la devolución de sus legiones.

Augusto abrió los ojos y miró a los presentes, allí estaba Tiberio, al que había nombrado sucesor a falta de alguien más de su afecto, y Livia, su tercera esposa y con quien ya llevaba muchos años casado. Quizá demasiados para los dos. César Augusto sabía que le quedaban pocos instantes. 

Después de todo su vida no había estado tan mal. En aquel resumen pormenorizado que había trazado en su mente se había olvidado de muchos, pero la historia no tiene tiempo ni espacio para todos. Se preguntó si para él lo tendría. Abrió la boca para pronunciar unas débiles palabras.
- ¿He representado bien mi papel en esta comedia de vida?- preguntó.
Todos asintieron sonriendo y Augusto volvió a hablar.
- Acta est fabula, plaudite [La comedia ha terminado, aplaudid]

Esas fueron, según los historiadores romanos, las últimas palabras del primer emperador de Roma. Con César Augusto dio comienzo el Imperio Romano. Fue un político hábil, generoso con sus amigos y despiadado con sus rivales, y supo mantener el poder absoluto dando a entender lo contrario. Su cuerpo viajó desde Nola a Roma en una espectacular procesión y el día de su entierro todos los comercios de la ciudad cerraron para rendir homenaje a su princeps, su primer ciudadano. 

Epílogo de "Princeps", de Gabriel Castelló. Lectura recomendada.


Roma, a quince días de las Kalendas Februarii del año del séptimo consulado del imperator Caesar divi filius y tercero de M. Vipsanio Agripa…[1]

Gayo Octavio, aclamado como imperator por la plebe y sus colegas del Senado, salió de la recientemente reinaugurada Curia Julia mostrando una sonrisa espléndida. A pesar del vaho que exhalaba de su boca en aquella gélida mañana y de lo poco que le gustaba el frío, envuelto en tres túnicas y una gruesa toga de lana que le había confeccionado su hermana, estaba pletórico y lleno de energía. Aquella primera sesión del año había sido un nuevo cúmulo de elogios a su persona y obra. No era capaz de enumerar de memoria todos los títulos honoríficos que los honorables Padres Conscriptos le habían otorgado durante los tres arduos años que habían transcurrido desde que enterrase a Antonio y Cleopatra en aquel polvoriento lugar cerca de Alexandria, poniendo punto y final a un conflicto civil que había asolado la república durante casi veinte años. Ya en su siguiente consulado, junto a Sexto Apuleyo, el Senado le había concedido nuevos honores como el voto de Atenea, que decidía cualquier litigio a favor de quien lo emitía, o las gracias a los dioses en el día de su nacimiento y de la batalla definitiva contra Cleopatra. Desde la celebración de sus tres triunfos, en cada nueva sesión del Senado había cosechado más y más ovaciones, honores y prebendas. Tras dejar a su amigo y poeta Cornelio Galo como prefecto de la nueva provincia de Egipto en Alexandria, más esquilmándola que administrándola, había vuelto a Roma para cerrar las puertas del templo de Jano, abiertas mientras la república estuviese en guerra, hecho que había sucedido solo dos veces antes en toda la Historia de la Urbe.
Octavio bajó pausadamente la escalinata. Junto al nuevo estrado decorado con los espolones enemigos capturados en Actium le esperaba su colega de consulado, su incondicional cómplice Marco Agripa, rodeado de otros amigos y senadores como Mecenas, el príncipe Juba, Horacio, Virgilio y el astuto Lucio Planco, desde su afiliación a la causa uno de sus mayores aduladores. Casi al lado de ellos, entre las columnas del templo del divino Julio, su sobrino Marcelo y su hijastro Tiberio, dos adolescentes de mirada inquieta e inteligente, escuchaban atónitos los vítores que los ciudadanos y magistrados proferían al paso de aquel hombre rubio, seco y desgarbado que a sus treinta y seis años tenía toda la ecúmene a sus pies, desde los páramos de Media hasta las nieblas de Britannia…
¡Salve, César, divi filius! ―exclamó Planco enfáticamente nada más verlo aparecer―. ¡Hoy Roma reluce más que nunca!
Pues todavía ha de hacerlo más. De Alexandria no solo me traje una copa de oro para mi colección, sino la certeza de que el mármol perdura más que el ladrillo, y de mármol dejaré esta ciudad inmortal, embellecida con edificios y estatuas que perpetúen su grandeza hasta el fin de los tiempos…
El arte debería ser público para mayor gloria de la patria ―murmuró Agripa alzando la vista hacia el cielo raso.
E inmortal, como lo es la gesta de Troya… ―le replicó Octavio, girándose hacia su erudito preferido―. ¡Virgilio! Mi hermana no deja de preguntarme cada día… ¿Cómo llevas mi encargo?
Casi acabado, César ―le respondió sonriente el poeta―. Te va a encantar mi epopeya de Eneas… “Tú, romano, regir debes el mundo; esto, y paces dictar, te asigna el hado, humillando al soberbio, al iracundo, levantando al rendido, al desgraciado”.
Me gusta, querido, me gusta… ―le contestó Octavio pasándole la mano por su recia espalda―. Las piedras perduran, pero más perduran los mitos; acábalo pronto, pues mi hermana y yo estamos ansiosos de escucharte recitarlo.
Gayo, disculpa que te aborde con temas menos simbólicos, pero tenemos otro asunto enquistado que hay que resolver cuanto antes…
¿De qué se trata esta vez, Marco?
Los veteranos ―afirmó Agripa seriamente―. Entre tus tropas y las que proceden de Antonio todavía tenemos más de sesenta legiones ociosas y dispersas por todo el Mare Internum. Es un montante insostenible para nuestras arcas… y un peligro para el nuevo orden público. Hay que licenciar ya a los más veteranos y concederles nuevas tierras de labor.
Pero no en Italia, domine ―le susurró Epafrodito―. Todavía está fresco el recuerdo de las últimas confiscaciones.
De las que no saliste mal parado, tunante; gracias a ellas tienes tus nuevos almacenes repletos de grano en Ostia…
Tendremos que afincarlos fuera de Italia ―insinuó Agripa.
¿Sugerencias? ―intervino Mecenas; en su excesivo gusto por el lujo, iba tan acicalado como si fuese un comerciante sirio.
Obviamente, donde haya mucho espacio todavía por repartir: la Cisalpina podría ser un buen sitio, así como la Narbonense o las dos provincias hispanas ―apuntó el cónsul.
Prefiero la última opción ―afirmó Octavio―. Siempre he tenido el recelo de que Hispania siga siendo pompeyana. Si ubicamos algunas colonias de licenciados más por allí, tendremos a los nativos controlados y a muchos veteranos dispuestos a ayudarnos a la hora de culminar mis planes para esa nueva gran provincia que me ha sido asignada…
¿Qué planes, imperator? ―le preguntó Afranio.
La conquista de tu querida Hispania está incompleta, al igual que pasa con el Illyricum, Asia, Libia o Thracia. Pregúntales a Craso o a Carrinas y verás ―le contestó aquel cordialmente―. Tenemos muchos hombres de armas bien entrenados y dispuestos y unas fronteras tan difusas como las lindes de la Estigia. Reduciremos a menos de treinta esas legiones y licenciaremos al resto. Es el momento de darles un trabajo útil a la patria. Mientras Balbo el joven se encarga de eliminar a los molestos garamantes en el desierto de Libia, yo me dedicaré a esos salvajes cántabros en cuanto desembarque en Tarraco. Quiero dividir en tres provincias ese territorio, en vez de dos como está ahora, que se correspondan con la Lusitania y los valles del Betis y del Iberus. Esta última me la quedaré yo y dirigiré en persona las operaciones contra los bárbaros…
Mi primo y yo llevamos más de veinte años enrolados en las legiones. Mi madre todavía vive en la villa de mi tío Lucio en Dianium. Quizá haya llegado el momento de volver a casa.
A veces me acuerdo de él cuando tomo una copa de vino hispano, del que tanto le gustaba a esa zorra egipcia… ¿Dónde está ahora tu primo?
Sigue al mando de tus calagurritanos; es centurión en la XXII Deiotara acampada en Paretonium. Está esperando a que Balbo asuma el cargo de pretor de África para entrar en acción.
Veinte años… ―repitió para sí Octavio, mirando reflexivo el revoloteo de las palomas―. El mismo año que tomé la pretexta vosotros ya llevabais puesta una hamata… Estatilio Tauro volverá a Hispania en verano para preparar mi llegada este otoño. Le enviaremos un mensaje a tu primo. Iréis con Tauro; tienes mi venia para que podáis instalaros en la ciudad de vuestros ancestros. Tauro me dijo que tenía previsto realizar una deductio de sus veteranos en la nueva colonia del Alabus, bastante cerca de vuestras tierras. Seguro que hay algunos de sus hombres a los que les dará lo mismo asentarse cien millas más arriba o abajo. Además, cuando aplastemos definitivamente a esos cántabros habrá más veteranos que licenciar, así que sed previsores roturando, pues más colonos tendréis que alojar por aquellas buenas tierras.
César, alzaremos una nueva ciudad en el Turius donde nazcan nuevos ciudadanos dispuestos a hacer grande a la patria…
Solo una cosa más, Afranio; que a nadie de vuestra gens le pongan por nombre Marco. Déjaselo bien claro a tu primo. Ningún Antonio ha de llamarse así en el futuro… Jamás.
Gayo, deberías convertirte en rey…
¿Tú también, Mecenas? ―le respondió molesto―. No quiero saber nada de cetros, coronas o togas púrpuras; lo que debería hacer es devolver el poder al Senado del Pueblo de Roma, que es su genuino custodio.
“Depongo mi cargo en su totalidad y os devuelvo toda la autoridad: la autoridad sobre el Ejército, las leyes y las provincias; no solo sobre los territorios que me confiasteis, sino sobre los que más tarde gané para vosotros” ―declamó Planco, citando un fragmento del emotivo discurso que Octavio acababa de pronunciar desde su escaño en el Senado.
Así es… ―asintió Agripa―. Debería afianzarse su poder para reestablecer las instituciones de la república…
¡Dioses eternos! ―exclamó Mecenas indignado―. ¿Y dejar otra vez la patria en manos de quienes la abocaron a más de dos décadas de miseria, venganza y desvergüenza?
Por todos los genios, otra vez no; el caos no volverá a someter Roma mientras disfrutemos del nuevo Rómulo entre nosotros ―evocó Virgilio, sabiendo que aquel epíteto agradaba a su protector, aunque aquel prefiriese evitarlo para no soliviantar a los más acérrimos optimates.
Ningún título de los que te han otorgado hasta ahora hace juicio justo a tu piedad, virtud y clemencia, César ―prosiguió Planco, acaparando la atención de todos con un ampuloso gesto de sus manos―. ¿Princeps? Ser el primero entre iguales te realza entre todos nosotros, pero, aun así, se queda corto. Voy a proponerle a la cámara otro título que contemple mejor tu grandeza para que aúne en él toda la probidad, autoridad y dignidad que merece tu persona…
Déjate de retórica, Planco, que hace frío ―le cortó Octavio―. ¿Qué título es ese?
Uno que solo podrás compartir con el Gran Padre Júpiter, un nombre que describa por sí solo que estás por encima de cualquier condición humana, un nombre sagrado y venerable. ¡Desde hoy te llamarán imperator César Augusto![2]





[1] 16 de enero del 27 a. C.
[2] Aunque la república muriese mucho tiempo antes, quizá en las aguas revueltas de Accio, esta fecha marca el inicio del Imperio bajo el único e incontestable mando de Augusto, quien naciese como Gayo Octavio Turino y que se impuso al resto de competidores en la carrera hacia esa monarquía velada a la que estaba abocada a convertirse la Roma republicana desde la dictadura de Sila. L. Munacio Planco, habilidoso e intrigante senador, fue quien le sugirió a Octavio adoptar aquel nombre más religioso que político por el que ha pasado a la Historia, borrando de la memoria popular los años de terror en que rigió Roma a su antojo como G. Julio César Octaviano. M. Antonio sufrió una damnatio memoriae.

Restaurantes en la Antigua Roma, por Maribel Bofill.



La existencia de restaurantes tiene su origen en la antigua Roma pero con la caída del Imperio el negocio de la restauración desapareció y no volvió a darse hasta entrado el siglo XVIII. En el año de 1765, un francés de apellido Boulanger, puso en la puerta de su negocio de comida y bebida estas palabras: venite adme omnes qui stomacho laboratoriatis et ego restaurabo vos. ( Venid a mi todos aquellos cuyos estomagos clamen angustiado que yo los  restauraré.)

En la década de los 60 surgieron los primeros  Fast food en EEUU, pero este tipo de comida ya existia en época romana. El thermopolium

Los  restaurantes en Roma solían ser habituales. Eran un  tipo de locales donde se ofrecía comida y bebida.

Normalmente  estos establecimientos se localizaban junto a las principales vías de la ciudad y cerca de los edificios más representativos.



El término tabernae designaba, en la antigua Roma, a todo tipo de pequeños establecimientos comerciales  de usos varios, donde solían hacerse las compras diarias durante la mañana, la  thermopolia, cauponae, y popinae eran  establecimientos que  abrían sus puertas a partir del mediodía y cerraban los últimos.

Estas tabernae estaban completamente abiertas al exterior , unos batientes de madera permitían abrirlas por las mañanas y cerrarlas por las noches y tenían el espacio limitado para albergar un almacén, un taller de artesanía o un mostrador de tienda.

Generalmente, una escalera al final de la tabernae permitía el acceso a la vivienda del inquilino de la tienda, los guardas del almacén o los obreros del taller; esta vivienda  por lo general  consistía en una única estancia donde se dormía, cocinaba, trabajaba, etc.



Algunas  de  esas estancias eran considerados tugurios, verdaderos “antros” de vicio, impropios de las clases altas. Lo normal, según las fuentes clásicas, es que las familias que ocupaban este tipo de residencia compraran la comida, ya cocinada, en los muchos establecimientos que con tal fin existían en las ciudades romanas, evitándose así el riesgo de incendio en sus precarias casas.


 El THERMOPOLIUM

Se vendían alimentos en un mostrador y era donde los romanos solían acudir a beber vino. Era un  local de comida rápida muy de moda en el siglo I. Los romanos eran muy amantes de comer fuera y este tipo de locales eran ideales para este fin. El Imperio Romano estaba lleno de ellos y en Pompeya había 120.



En  Pompeya , uno de los más populares era el de Aselina.


Tenía un   mostrador en forma de L hacia la calle con unas hornacinas circulares que les permitían mantener los alimentos preparados bien fríos bien calientes.

Los clientes llegaban tomaban sus alimentos y los pagaban en el mostrador. Una vez pagados podían marcharse para comer en la calle o pasar al comedor, el triclinio, zona decorada con bellos frescos. Allí se reunían con tus amigos, charlaban y alternaban bebiendo vinos.


En  estas tabernas, se consumían los vinos, cultivados en las villas.. A veces se engañaba a los clientes echando demasiada agua al vino.  El vino que degustaban los asiduos de los thermopolium se servía caliente. También contaban con el viridarium, un jardín cerrado para disfrutar de la  comida o cena con vistas al exterior.


La comida típica del therrmopolium consistía en  garbanzos cocinados (la comida de los pobres), pan, queso, vino, nueces, dátiles, higos o la especialidad de la casa, una especie de bocadillo de queso al horno cubierto de miel (a los romanos les encantaba la comida agridulce).
El local se iluminaba con un candil de bronce colgado del techo, que tenía unas campanillas, para ahuyentar el mal de ojo. Apoyada en una base de obra había una escalera de madera, para subir al piso superior, donde estaban las habitaciones para los huéspedes, o para alquilar por horas.
Algunos albergues o mesones, ocultaban en la trastienda salones de juego clandestinos, ya que  el juego estaba prohibido.




LAS CAUPONAE


Eran pequeñas tabernas que tenían diversas finalidades. La principal era ofrecer comida rápida que permitía a los romanos comer alguna cosa, mientras disfrutaban de sus actividades cotidianas. Su oferta culinaria se centraba en comidas frías como chacinas o quesos siempre mojados con vino. Podías tomarlas allí, aunque siempre de pie en la barra porque no había sillas ni mesas. Eran lugares fijos para viajeros de paso y para llevar alimentos a calentar por los vecinos, ya que la majoria  no tenían  horno en casa. Pero junto a ello también eran conocidas por sus llamativas  camareras engalanadas que eran cortejadas por los clientes .La entrada  de mujeres a estos locales, estaba terminantemente prohibida. Además de poder comer, se podían dejas  los caballos ya que tenían establos.



En las cauponae más completas incluso disponían de un servicio de taller de reparaciones y  también se ofrecía la posibilidad de dormir.

Estas Cauponae eran lugares de reunión de la gente del pueblo, no estaba nada bien visto que un notable comiese en ellas. De hecho, el poder imperial  mantuvo una pequeña guerra de cuatro siglos de duración contra las tabernas a fin de impedirles que sirvieran también de restaurantes o Thermopolium, ya que era más moral comer en casa.


El poder imperial, intentó por todos los medios que este tipo de tabernas no ofrecieran alimentos, ya que estas reuniones parecían molestar al poder político. En cierta forma, es posible ver en este tipo de reuniones el caldo de cultivo para futuras revueltas o protestas.


Explica el historiador Suetonio que, en épocas del emperador Tiberio (años 14-37), los ediles recibieron órdenes expresas suyas para prohibir la venta de alimentos.




POPINAE


Popinae fue un tipo de bar de vinos generalmente frecuentado por las clases más bajas y los esclavos, estaban amuebladas de forma sencilla con taburetes y mesas.
Estos  lugares proporcionaron comida, bebida   sexo y  juegos de azar. 

Debido a que se asociaron con los juegos de azar y la prostitución, la popinae fue vista por los romanos respetables como lugares de la delincuencia y  violencia.


A pesar de que los juegos de azar con dados era ilegal, parece partir de la gran cantidad de dados encontrar en ciudades como Pompeya que la mayoría de las personas ignoran esta ley. 

La  legislación relativa al juego censuraba la costumbre de las apuestas (sponsiones), en los juegos de azar y castigaba a los jugadores. Las sanciones no afectaban al propietario del local quien, sin embargo, no tenía derecho a reclamar a los jugadores los posibles daños ocasionados por las peleas que, en ocasiones, daban al traste con la partida.

Tanto las cauponae y popinae como los thermopolii estaban considerados como verdaderos tugurios por lo que ningún notable de la ciudad debía dejarse ver.

El  mantenimiento de prostitutas estaba aún peor visto que el juego, por lo que los propietarios, aun arriesgándose a los destrozos ocasionados por los jugadores, a los que tenían que hacer frente, preferían resguardar su imagen y evitar equipararse a los prostíbulos que, por otra parte, sufrían una restricción horaria que no afectaba a estos establecimientos.





Vídeo relacionado:


Fuentes:

Historia antigua Roma
Catherine Salles Los bajos fondos de la Antigüedad (Barcelona, 1983).



Maribel Bofill.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Legio XXI Rapax, la legión depredadora. Por Dany Cuadrado Morales.

Desde el corazón de la Mancha, llega a Sedetania Dany Cuadrado Morales, un jovencísimo escritor enamorado de la Antigua Roma. En su primera colaboración en este blog, nos ofrece un estupendo resumen de la historia de la Legio XXI Rapax, legión romana creada por Augusto en el 31 a.C. y que fuera aniquilada bajo el mandato de Domiciano en el 92 d.C.  



Legio XXI Rapax, la legión depredadora.


Uno de los pilares fundamentales del poder romano fue, sin duda, la enorme proyección militar de sus legiones. Las fuerzas armadas romanas pudieron mantener la seguridad de las fronteras de un inmenso imperio durante siglos. Por lo general el ejército estaba dirigido por buenos generales y oficiales de la talla de Corbulón, Nigrino, Julio César y tantos otros. Sin embargo en otras ocasiones los mandos militares eran unos completos inútiles que carecían de experiencia o tácticas algunas. Baste recordar a Publio Quintilio Varo en Teutoburgo o a Marco Licinio Craso en Carras. A pesar de todo, las legiones romanas mantuvieron su poder y su disciplina hasta los últimos tiempos del Imperio y lograron adaptarse para derrotar y conquistar infinidad de pueblos, cartagineses, hispanos, galos, macedonios, dacios, sármatas…son sólo algunos de ellos.  

Pero los legionarios romanos no sólo combatieron contra rivales externos, también se enfrentaron entre ellos. Tal es el caso de la legión XXI Rapax. Esta unidad fue creada por Octavio en el año 31 a.C, el mismo año que obtuvo la victoria sobre Marco Antonio.
Sus efectivos teóricos, como en toda legión romana, eran de aproximadamente unos cinco mil legionarios de infantería pesada y un destacamento de ciento veinte jinetes, aunque sobre el terreno el número de hombres solía variar de una unidad a otra.
Tras la batalla de Teutoburgo, el renombrado desastre militar de Varo, la XXI fue trasladada a la frontera de Germania y estableció su base en Vetera junto a la legión V Alaudae. Es irónico que ambas legiones, ahora juntas, fueran aniquiladas unos años después bajo el gobierno del terrible Domiciano.

Posteriormente, en el año 43 la unidad es trasladada al campamento de Vindonissa, en Germania Superior. Estos años fueron relativamente tranquilos para los legionarios de la XXI, sin embargo la muerte del emperador Nerón acabó con dicha tranquilidad y la legión XXI Rapax tuvo que escoger a uno de los candidatos que luchaban por el ocupar el trono imperial en lugar de mantenerse neutral. Se decidió por apoyar a Aulo Vitelio. En esta época se consideraba a la XXI como una de las mejores legiones de Imperio, una unidad de élite compuesta por soldados veteranos curtidos en combate. Vitelio gobernó unos pocos meses hasta que otro aspirante le arrebató el trono, este hombre no fue otro que Tito Flavio Vespasiano, el hombre que instauró la dinastía Flavia. A pesar de haber combatido bajo el mando de un rival, Vespasiano no podía desaprovechar las capacidades guerreras de los legionarios de la XXI Rapax y fue enviada, bajo el mando del general Petilio Cerial, a sofocar la revuelta de los bátavos. La XXI fue usada de punta de lanza y combatió con valor hasta el fin de la rebelión. La legión permaneció en aquella zona, acantonada en Moguntiacum.

Llegamos así al año 89, donde el destino de la legendaria unidad quedó sellado. En aquel tiempo reinaba el emperador Domiciano, el segundo hijo de Vespasiano y el último de los Flavios. El César no tenía nada que ver con su padre o su hermano Tito y se erigió en un tirano cruel e implacable. Aunque emprendió numerosas campañas militares en el Danubio y el Rin el emperador cosechó más bien resultados modestos, por mucho que tratase de adornarlos. En el 87 la legión V Alaudae fue totalmente aniquilada por los dacios y sus aliados en la batalla de Tapae.

Dos años después el gobernador de Germania Superior, Lucio Antonio Saturnino, se sublevó a causa de un problema personal con el emperador. Saturnino trató de aliarse con los germanos supuestamente vencidos por Domiciano pero sus refuerzos no llegaron nunca pues un inoportuno deshielo del río Rin les impidió cruzar a tiempo. El gobernador tendría que hacer frente a Domiciano con tan sólo dos legiones, la XIV Gemina y la poderosa XXI Rapax. Es curioso que los mandos de ambas unidades se decidiesen por apoyar a Saturnino, si bien Domiciano era un sujeto rematadamente déspota y loco, no era ningún idiota y sabía que para mantenerse en el poder debía tener al ejército y a la guardia pretoriana contentos y por ese motivo a los legionarios les faltarían muchas cosas, pero no las pagas, que solían llegar puntualmente. El caso es que el emperador en persona se puso al frente de sus tropas leales para combatir al rebelde. Abandonó las comodidades de Roma y partió al frente.

Cuando las legiones del César llegaron los soldados que apoyaban a Saturnino decidieron abandonar al usurpador. Aquella rebelión estaba condenada al fracaso desde el principio y una batalla a gran escala lo único que traería sería un debilitamiento de las fronteras del norte del Imperio. Con los dacios y los sármatas lanzando constantes ataques sobre las provincias de Panonia y Moesia y la aún reciente pérdida de la legión V Alaudae, los romanos no podían permitirse enzarzarse en luchas intestinas. La rebelión del usurpador Saturnino acabó pronto y la venganza de Domiciano se tradujo en las ejecuciones del propio gobernador rebelde y de muchos mandos y oficiales de las legiones XIV y XXI. Las cabezas de todos ellos fueron exhibidas más tarde en Roma. Incluso el emperador aprobó una nueva ley para que esas legiones rebeldes no compartiesen nunca más el mismo campamento militar. Sin embargo nuestra XXI Rapax volvió a sobrevivir a la ira de un César. Sus habilidades en combate eran demasiado valiosas como para disolver o ejecutar a la unidad entera.

Desafortunadamente Domiciano ya no confiaba en esas legiones. Para el emperador una traición de ese calibre era imperdonable y tenía que buscar el modo de castigar a esos legionarios por sedición. En su perversa mente el César trazaba las líneas maestras de su venganza.
La legión fue desplaza a Panonia aprovechando las cada vez más tensas relaciones con dacios y sármatas, quiénes dirigidos por el rey dacio Decébalo se aprovechaban de la pasividad del ejército romano y de que el emperador, en un intento por mantener la paz, pagaba a los dacios una sustanciosa cantidad de dinero, para atacar y saquear pueblos y ciudades. En Panonia la legión fue, aparentemente, olvidada por Domiciano. Allí se mantuvo durante tres años, hasta que los sármatas hicieron acto de presencia. Los sármatas eran guerreros formidables procedentes de las estepas, su caballería pesada, los catafractos y sus arqueros montados formaban una de las fuerzas militares más poderosas del mundo.

En el año 92 Domiciano obtuvo al fin su venganza contra su odiada XXI Rapax. La legión se enfrentó a la invasión de los sármatas. La habilidad de sus legionarios fue aprovechada por el emperador y éstos consiguieron rechazar la invasión. Pero no quedó ninguno que pudiera reclamar la gloria del triunfo, pues la legión XXI dejó de existir. La XXI Rapax, la depredadora, fue aniquilada en combate contra los sármatas. Para Domiciano fue un doble triunfo, se evitó la invasión y se libró de los traidores.
Desde la perspectiva de los siglos y en mi humilde opinión, la legión XXI Rapax de Roma tuvo un fin ignominioso y nada honorable para el sacrificio que sus integrantes hicieron. Se alzaron contra un César, un tirano cruel, pero a quien debían lealtad. Como compensación a ese deshonor rechazaron la invasión de los terribles sármatas. Al menos que estas palabras sirvan para otorgarles el honor que sin duda alguna merecieron por sus actos.  

Dany Cuadrado Morales.