Nueva colaboración del escritor novel Dany Cuadrado, un joven que podría pasar por contemporáneo de los que contamos con 30-40 años, por sus referentes culturales, y que une con su literatura a varias generaciones, porque pese a su cultura e inquietudes, es todo un joven de nuestro tiempo.
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Aníbal vislumbrando por primera vez la Península Itálica desde los Alpes. Francisco de Goya (1770). |
En
el año 218 a.C las huestes cartaginesas de Aníbal Barca entraban en la ciudad
íbera de Sagunto, tras ocho meses de duro asedio. La toma de este enclave,
aliado de Roma, fue el detonante de la guerra a gran escala entre la República
romana y el Imperio cartaginés. Durante dicha contienda, la Península Ibérica
desempeñó un papel clave y se abrieron
las puertas a la conquista romana de Hispania.
La Iberia cartaginesa.
Antes
de la llegada de los romanos a la Península el territorio estaba repartido
entre los pobladores autóctonos y los cartagineses, entre algunos otros. Sin
embargo no fue hasta el final de la Primera Guerra Púnica que Cartago comenzó
su auténtica expansión por Iberia, como una forma de restaurar su poder por la
pérdida de Sicilia a favor de los romanos. Amílcar Barca, padre de Aníbal,
comenzó la conquista del territorio, y su yerno fundó la ciudad de Qart Hadasht (hoy día, Cartagena) para
aprovechar los enormes recursos mineros de la región. Los romanos consideraron
esta expansión como una posible amenaza, de modo que firmaron un tratado con
los cartagineses mediante el cual éstos no podían cruzar al norte del Ebro, en
tanto que Roma no lo hiciese al sur. A la muerte de Amílcar, su hijo, el
célebre Aníbal, asumió el control de Iberia y se lanzó a ampliar los dominios
cartagineses. En poco tiempo el general conquistó a las tribus del Tajo y tomó
la ciudad de Helmantiké (Salamanca),
entre otras muchas. Iberia se convirtió pronto en un territorio importantísimo
para Cartago, pues, aparte de sus recursos mineros y de otra índole,
suministraba también fuertes contingentes de tropas para reforzar los ejércitos
cartagineses. Los guerreros íberos se contaban entre los mejores de esa época. Sin
embargo, Aníbal no se conformaba con sus conquistas en Iberia, él quería más.
Había jurado a su padre odio eterno a Roma y buscaba un pretexto para iniciar
una guerra contra ella que le permitiese llevar a cabo sus ambiciosos planes,
mientras que la propia Roma ansiaba también el conflicto para acabar con la
amenaza de Cartago. Fue entonces cuando Sagunto les dio a ambas potencias la
excusa que necesitaban. Este enclave costero de Iberia estaba situado al sur
del Ebro, dentro de la zona de influencia cartaginesa, pero, por el contrario,
gozaba de la protección de la República romana al ser una ciudad aliada. Había
disensión entre los pobladores de la ciudad, y en una de las disputas, varios
gobernantes que apoyaban a los cartagineses fueron asesinados. La respuesta de
Aníbal no se hizo esperar. Rodeó a la ciudad y comenzó un violento asedio sobre
ella, a sabiendas de que los saguntinos pedirían ayuda a Roma. Sin embargo la
ayuda de los romanos nunca llegó. Tras ocho meses de asedio, Sagunto fue tomada
por las tropas de Aníbal. Ocho meses de durísimos combates en los cuales
incluso el general cartaginés fue herido. La mayoría de los habitantes de la
ciudad que no habían muerto durante el sitio se suicidaron para evitar caer
prisioneros.
Sagunto
había caído, y esa caída trajo consigo la declaración de guerra entre Roma y
Cartago y abrió las puertas a la República italiana para la expansión por la
Península.
El
gran conflicto por la dominación total del Mediterráneo estaba a punto de dar
comienzo.
La campaña de Aníbal y
la llegada de los romanos a Hispania.
El
general cartaginés no perdió el tiempo y organizó un ejército inmenso para la
campaña que había diseñado. Una campaña audaz, pero que conllevaba grandes
riesgos. Entre su infantería y caballería podía rondar los cien mil hombres, a
los que había que añadir unos treinta y siete elefantes, auténticas máquinas de
guerra contra las que los romanos tendrían serias dificultades. El objetivo de
Aníbal era simple pero muy ambicioso: llevar la guerra a Italia. Combatiendo
allí serían las tierras de los propios romanos las que se resentirían. El
cartaginés utilizaría la Península como base de operaciones desde las que
recibir suministros y tropas.
Aníbal
partió de Qart Hadasht rumbo al
norte. Cruzó el Ebro con su ejército y atravesó los Pirineos, adentrándose en
tierras galas, moviéndose siempre a una velocidad vertiginosa.
Los
romanos, entre tanto, preparaban su propia estrategia de guerra. Su pensamiento
era viajar a Hispania y combatir allí, antes de que Aníbal pudiera realizar
otro tipo de maniobra. A los romanos no les convenía en absoluto que un invasor
penetrase en Italia, y desde luego, ni siquiera consideraban esa opción. Roma
controlaba el mar y para atacar por el norte había que atravesar los Alpes,
algo completamente irrealizable. ¿Irrealizable? Los hermanos Publio y Cneo
Cornelio Escipión embarcaron a sus legiones y pusieron rumbo a Hispania. Por el
camino recibieron la noticia de que Aníbal, al frente de su ejército, había
abandonado la Península y avanzaba por la Galia. Los romanos decidieron
entonces dividir sus fuerzas, Publio Cornelio Escipión marcharía a la Galia con
el objetivo de interceptar al general cartaginés mientras que su hermano, Cneo,
continuaría hacia Hispania, para contar las vías de suministros y refuerzos. El
romano arribó a las costas hispanas en 218 a.C, desembarcando en Emporion
(Ampurias). Al poco de llegar las legiones tuvieron que combatir su primera
batalla en territorio hispano. En la batalla de Cissa, los romanos obtuvieron
una victoria fácil, pues su superioridad numérica bastó para derrotar a los
cartagineses al mando de un general llamado Hannón. Con esa victoria los
romanos incautaron un importante cargamento de suministros que iba destinado a
Aníbal. Cneo Cornelio Escipión aprovechó esta victoria para asegurarse la
lealtad de algunas tribus íberas y asegurar una base estable en Hispania.
Surgió entonces la ciudad de Tarraco (Tarragona). El general romano realizó
diversas incursiones al sur del Ebro, y lo mismo hicieron los cartagineses al
norte. La flota romana quedó bastante reducida pero aún así logró derrotar a la
armada cartaginesa en la batalla del río Ebro. Esta nueva derrota provocó que
algunas de las tribus íberas que apoyaban a Cartago se rebelasen. Las cosas en
Hispania parecían marchar muy bien para los intereses romanos, pero en Italia
lo impensable había sucedido.
Victorias y derrotas.
En
Hispania, las cosas para los cartagineses no parecían ir demasiado bien, habían
sido derrotados en las batallas de Cissa y del Ebro, dejando el norte de la
Península en manos del general romano Cneo Cornelio Escipión. Sin embargo, Aníbal
estaba mitigando aquellos reveses con espectaculares victorias en Italia. El
cruce de los Alpes, que a todos les parecía imposible, había sucedido, y a
pesar de las muchas bajas sufridas, el general cartaginés alcanzó territorio
romano y derrotó a Publio Cornelio Escipión en Tesino y en Trebia. Al año
siguiente, en 217 a.C, Aníbal derrotó brutalmente al cónsul Cayo Flaminio en la
batalla de Trasimeno. En ese estado de la situación, parecía que sólo Hispania
era portadora de buenas noticias. Ese mismo año Publio Cornelio cruzó el mar y
marchó hacia la Península para reforzar a su hermano con algunos barcos y ocho
mil hombres. Ambos aseguraron las conquistas y continuaron enfrentándose a los
cartagineses. La política de los romanos en Hispania era bastante simple, se
mostraron afables y generosos con los hispanos con el objeto de atraerlos a su
causa mientras que con los cartagineses fueron crueles e implacables.
En
el año 216 a.C la situación en Hispania seguía siendo favorable a los romanos.
Cartago perdía apoyos por momentos y muchas tribus íberas se pasaban al lado de
Roma, aportando valiosos contingentes de tropas y su conocimiento del
territorio. Sin embargo, ese 216 a.C quedó marcado por otro acontecimiento en
Italia: la batalla de Cannae. En Cannae los romanos sufrieron una derrota sin
precedentes en su historia y una de los mayores desastres que jamás tendrían. Aníbal,
con un ejército que era la mitad en tamaño al romano, masacró a más de setenta
mil legionarios en un solo día. Tras la victoria, el brillante general
cartaginés llegó a pasearse por las mismísimas murallas de Roma bajo la mirada
de unos ciudadanos que comenzaban a pensar que se enfrentaban a la aniquilación
total. La derrota de Cannae supuso para los romanos una reducción de sus recursos
tanto militares como de aliados, por no decir que los hermanos Escipión
quedaron sin refuerzos para las sucesivas campañas en Hispania, pasando a
depender de la lealtad de unos íberos que cambiaban constantemente de alianzas.
Asdrúbal
Barca, el hermano de Aníbal, tras someter a los rebeldes decide abrirse camino
al norte para controlar de nuevo las rutas de abastecimiento con su hermano. El
cartaginés avanzó hasta la ciudad de Dertosa
(Tortosa), a la que puso bajo asedio. Los Escipiones acudieron en su
defensa y ambos ejércitos se encontraron en las inmediaciones del lugar. En 215
a.C las fuerzas de Asdrúbal y los hermanos Escipión se enfrentaron, y el
combate terminó en una absoluta derrota de los cartagineses. Aquel fracaso
significó para los cartagineses la imposibilidad de enviar tropas a Aníbal y el
asentamiento definitivo de los romanos en Hispania. La batalla de Dertosa había
convertido prácticamente en algo estéril la gran victoria de Cannae por parte
de Aníbal, pues el general esperaba recibir refuerzos por el norte mientras que
él se dirigía al sur de Italia. Su plan de atrapar a los romanos en una pinza
había fracasado.
En
los años siguientes la guerra se convirtió en una lucha encarnizada extendida a
todo el Mediterráneo. En Hispania, los Escipiones continuaron disputando a los
cartagineses cada palmo de terreno y hubo frecuentes y sangrientos combates,
pero los romanos, poco a poco, fueron haciéndose con el control de los
territorios e incluso recuperaron Sagunto. Para entonces los ejércitos romanos
en Hispania contaban con una gran cantidad de soldados íberos, mercenarios
muchos de ellos. Por su parte los cartagineses mantenían una fuerte presencia
militar en el terreno, compuesta por tres ejércitos independientes que podían
combinarse entre sí.
La
racha de victorias romanas concluyó en el 211 a.C cuando los dos hermanos
Escipión murieron en sendas batallas, traicionados por unos íberos que
desertaron en masa. Con la muerte de los generales romanos los cartagineses
avanzaron de nuevo hacia el norte e intentaron cruzar el Ebro. Los romanos
supervivientes, al mando de un oficial llamado Lucio Marcio, lograron contener
a los cartagineses y mantener la frontera original en el Ebro. Pero la realidad
es que estaban diezmados y sin un líder claro mientras que sus enemigos
contaban con una fuerte presencia militar en el territorio y amenazaban con
quebrar la línea de defensa montada por los romanos. Aníbal, por su parte,
seguía en Italia causando estragos e impidiendo que Roma pudiera centrar sus
recursos en la guerra en Hispania. El Senado de Roma envió entonces al pretor
Claudio Nerón. Nerón desembarcó en Tarraco con una pequeña fuerza de diez mil
hombres, pero no logró revertir nada, pues los cartagineses evitaron el combate
directo, de modo que el pretor regresó a Roma. La situación romana en Hispania
no presagiaba nada bueno para los romanos.
La llegada de Publio
Cornelio Escipión.
Hispania
atemorizaba a los políticos y generales romanos. Ninguno quería presentarse
para ir allí a combatir. Todos conocían el destino que los Escipiones habían
sufrido. Sólo hubo un hombre que se presentó voluntario para marchar a
Hispania. El hijo y el sobrino de los hermanos muertos. Con sólo veinticuatro
años, sin la edad ni la experiencia necesaria para el cargo, el joven Publio
Cornelio Escipión recibió dos legiones y partió a Hispania con la idea de
vengar a padre y su tío. A su llegada, Escipión no perdió el tiempo. Envió a la
flota al sur y él hizo lo propio con sus tropas, adentrándose en territorio
cartaginés hasta llegar, en un tiempo increíblemente corto, a las puertas de Qart Hadasht, y que los romanos llamaban
Cartago Nova. Tomó la ciudad en un
breve asedio en una acción combinada de su armada y del ejército de tierra. El
joven general había privado a los cartagineses de sus minas y del principal
puerto que tenían en Hispania, por no hablar del golpe moral que suponía perder
la capital. Su magnanimidad con los íberos le valió el apoyo de varias de las tribus que antes estaban del lado
cartaginés.
En
208 a.C se enfrentó a Asdrúbal Barca en la batalla de Baecula (Santo Tomé,
Jaén) y le infligió fuertes pérdidas. Sin embargo en general cartaginés pudo
escapar al norte y consiguió llegar a Italia, aunque allí fue atacado por los
romanos y muerto en el río Metauro. Escipión continuó afianzando su dominio de
Hispania y en 206 a.C libró la última gran batalla contra Cartago en suelo
hispano. La batalla de Ilipa (Alcalá del Río, Sevilla) se saldó con la derrota
absoluta de los cartagineses. Después del enfrentamiento, que costó miles de
bajas a los vencidos, prácticamente todas las tribus hispanas se unieron a
Escipión. Cerca del lugar de la batalla, el romano fundó la ciudad de Itálica
(Santiponce, Sevilla).
Escipión
avanzó entonces hasta Gadir (Cádiz),
el último enclave cartaginés en Hispania. Tras su conquista, toda la Península
quedó libre de presencia cartaginesa y Escipión pudo regresar a Italia para
proseguir con la siguiente parte de sus ideas para acabar con la guerra.
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Publio Cornelio Escipión, el Africano. |
Consiguió
permiso del Senado de Roma para invadir África, tal como Aníbal había hecho con
Italia. El general cartaginés, ante la amenaza que representaba tener a
Escipión en su tierra, abandonó Italia tras años de permanencia y arribó a las
costas de África, dispuesto a detener al romano. En Zama se enfrentaron ambos
generales, los mejores de su época, y Escipión resultó vencedor tras un combate
prolongado.
La
Segunda Guerra Púnica tocó a su fin, y los romanos comenzaron entonces su
particular conquista de Hispania, aunque no lo tuvieron fácil. Las tribus
íberas que se habían aliado con los romanos no aceptaron luego el dominio de
éstos y muchas se alzaron en armas. En su opinión habían cambiado Cartago por
Roma.
Someter
Hispania fue todo un reto, y se prolongó durante casi dos siglos. Las legiones
tuvieron que emplearse a fondo para conquistar el territorio. Algunos de los
episodios bélicos más famosos de la historia de Roma se produjeron en Hispania,
como el levantamiento de Viriato, el asedio de Numancia, conquistada por un
nieto de Escipión, Escipión Emiliano, las Guerras Sertorianas o las Guerras
Cántabras, en las que el mismísimo Augusto estuvo presente. Finalmente los
romanos lograron hacerse con el control total de Hispania, y con el tiempo, la
Península se convirtió en una de las regiones más romanizadas del todo el
territorio gobernado por Roma.
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